Todos Santos, Día de Muertos de Octavio Paz

 

Octavio Paz probablemente es el escritor mexicano más reconocido de la historia literaria de este país, con obras como Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe, La Llama Doble o El Ogro Filantrópico, se fue metiendo en la conciencia del mexicano, conociéndolo y dándolo a conocer al mundo, lo que le permitió ser galardonado con uno de los máximos: el Premio Nobel de Literatura en 1990, otorgado por la Academia Sueca justificando su selección con las siguientes palabras: “por una apasionada escritura con amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística”.

Pero probablemente la obra que le abrió paso a su voz y que nos identifica más con el poeta y ensayista capitalino podría ser ‘El Laberinto de la Soledad’, trabajo literario de 1950 que sigue siendo relevante por su forma de leer al mexicano en ensayos como El pachuco y otros extremos y Los hijos de la Malinche.

En esta ocasión les hablaré sobre un ensayo especial que aparece en esta misma obra titulado Todos Santos, Día de Muertos y que habla mucho de la esencia del mexicano y su relación a dicha festividad.

Y es que somos tal como nos describe Paz: si la fiesta es del Santo, de la Virgen, de la Patria, sobre los muertos o sobre los vivos, nos reunimos todos como escapatoria, como pretexto, desde el rico hasta el pobre, desde el profano hasta el cura, el mexicano busca motivos para festejar, para escapar, para ser otro por un momento, para gastar energía y recursos, esto puede ser visto más bien como una inversión porque la fiesta para nosotros no es una molestia, es una necesidad.

El ensayo habla de un desenlace básico de este exceso de fiesta y de vida: la muerte. Desmenuza significaciones desde los aztecas hasta los católicos, de los mexicanos y del resto del mundo, del dolor, el miedo y de la inevitabilidad de la misma, de verla como el fin de un ciclo o como el comienzo de otro, de verla desde lo humano o desde lo divino, de la fuerza o del olvido, de lo que es y de lo que queremos que sea.

Esta idea de la muerte, da paso en el hilo de pensamiento de Paz, a nuestra extraña e inevitable forma de enfrentar a la muerte como mexicano, en tono de fiesta, con papel de china y calaveritas de dulce, con fuegos artificiales y como borracheras, porque nuestra escondida necesidad de festejar a la muerte es para justificar también la necesidad de seguir festejando la vida en lo que llega la muerte.

Octavio termina desmenuzando algunas ideas adicionales sobre la muerte: la de lo ajeno al mexicano, que es precisa y malévola sin consecuencia, la muerte en poesía y obras de otros mexicanos y de la muerte y soledad, que es como une cada ensayo con este tema central.

Esta obra es importante para entender un poco esa relación tan mexicana de la fiesta y el culto a la muerte y de cómo nos separa de los demás y qué mejor momento para buscar y retomar ese significado que las fiestas de estos días.

Todos Santos, Días de Muertos. El Laberinto de la Soledad. Octavio Paz. 1950. México. Cuadernos Americanos.