Nicanor Parra, el antipoeta de América

“Hoy y siempre”, dijo el Ministerio de Educación cuando el pasado 23 de enero dio a conocer la noticia de que a los 103 años falleció el académico universitario y antipoeta chileno Nicanor Parra.

Parra vivió sus últimos años en el retiro, tras haber recibido en 2011 el Premio Cervantes de literatura, y de haber sido postulado al Nobel en diversas ocasiones. Era el único sobreviviente del selecto grupo de autores chilenos compuesto por Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Gonzalo Rojas. Luego de publicar en 1937 su libro “Cancionero sin nombre” vio la luz su “Poemas y antipoemas” en 1954, obra que marca fuertemente su trabajo y la posterior poesía hispanoamericana del siglo XX, y que fue influida de manera importante por el trabajo del español Federico García Lorca.

Durante medio siglo
la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices

dijo en su poema “Versos de salón” por allá del año de 1962.

La antipoesía de Parra es la de aquel movimiento que perseguía quitarle el carácter serio, solemne y grave a la poesía que se escribía luego de la época de las vanguardias y que buscaba desacralizar la realidad, quitarle lo serio o sagrado a las ideas y la propia vida. Para esto, Parra empleó siempre un lenguaje ordinario, de la calle, burlesco y hasta irónico, y que en gran medida mostraba el escepticismo al no creer ni en concepciones religiosas ni políticas, y que lo único que desea es expresar la vida tal cual es, que refleja el sentido del humor hacia el lector,  pero que además pasa a ser un espacio donde la poesía critique a la poesía misma.

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